John Stuart Mill

En este día del 8 de marzo, mi ar´ticulo se dirige a los hombres.

 

Soy economista, así que sí sé quién fue John Stuart Mill. Por si mi lector no lo sabe, fue un economista, filósofo, pensador y político que vivió en la Inglaterra Victoriana en el S. XIX, considerado como uno de los pensadores más influyentes del liberalismo clásico, que contribuyó también al avance de la teoría social, teoría política y política económica. 

¿Y por qué hablamos de Stuart Mill en un día como hoy, el 8 de marzo, donde probablemente el 95% de los artículos y posts versarán sobre las mujeres?

Porque evidentemente, John fue un hombre. Y mi artículo de hoy se dirige precisamente a los hombres. 

En aquella época, a mitad del S. XIX en Inglaterra, las mujeres por supuesto no podían votar, no eran admitidas en las universidades, apenas podían trabajar profesionalmente y su sitio estaba en el hogar, con los hijos, que debían convertirse en el centro de su vida. Cuando contraían matrimonio, realmente su único destino legítimo concebido por la sociedad, todo su patrimonio pasaba a ser propiedad de su marido; y si trabajaban después de aquél, sus ganancias también eran propiedad de su esposo. Una vez casadas, para ellas era extraordinariamente difícil obtener el divorcio; mientras que ellos podían obtenerlo si sus mujeres cometían adulterio, no era el caso para las mujeres. Y si finalmente este se producía, los hijos pasaban a ser propiedad del padre y se podía incluso prohibir a la madre que los viera.

Stuart Mill conoció muy pronto a una mujer extraordinaria, por aquel entonces Harriet Taylor, con la que mantuvo una relación intensa, pasional, profundamente dedicada y de por vida. Aunque existen diversos retratos y opiniones sobre las capacidades y personalidad de Harriet, ella destacó en la sociedad por su capacidad intelectual, sus opiniones diferentes y la pasión de sus ideas. Cuando John y Harriet pudieron finalmente casarse, tras tortuosos avatares durante una relación de casi veinticinco años, él declaró formalmente que ambos —Mill y su nueva mujer—desaprobaban totalmente la relación de matrimonio constituida según la ley; y renunció a cualquier pretensión de derechos que la ley le hubiera podido atribuir en virtud de tal matrimonio. La unión de ambos fue, además de una devoción rayana en la adoración, una unión intelectual, de pensamiento, debate y creación de ideas.

Harriet Taylor Mill

Una de las más conocidas obras de Mill, The Subjection of Women, 1869, está considerado como uno de los trabajos más tempranos en feminismo y sobre el cual, los estudios más recientes confirman el desarrollo de ideas conjuntamente con su mujer. En este texto, entre otras cosas, Mill escribe que “La subordinación legal de un sexo a otro es errónea en sí misma, y en este momento uno de los principales obstáculos para la mejora de la humanidad; y que debería ser reemplazado por un sistema de igualdad perfecta, sin admitir poder ni privilegio por un lado, ni discapacidad por el otro. 

Mill sabía que iba en contra de su tiempo; de la concepción sobre la mujer aceptada en la sociedad en todos los ámbitos; una sociedad en la que hubo médicos que llegaron a decir que demasiado estudio para las mujeres podría impactar en sus ovarios convirtiéndolas en infértiles. Fue el segundo parlamentario en solicitar, varias veces, el voto para las mujeres; pues él pensaba que la subyugación de aquellas era algo del pasado.

Es claro que la situación de hoy día es radicalmente diferente de aquella, en cuanto a derechos y legislación se refiere, y afortunadamente en nuestro país y en la mayoría del mundo occidental, ambos sexos gozan de iguales derechos. Pero no es así en todas partes: hoy, a escala mundial, el Banco Mundial nos dice que las mujeres únicamente tienen tres cuartos de los derechos que ostentan los hombres; y según sostiene Augusto López-Claros, economista de renombre internacional que trabajó entre otros para el Foro Económico Mundial, de un estudio de 190 países, 150 siguen discriminando hoy en sus leyes a la mujer, con 1.700 formas documentadas de discriminación económica, social y laboral.

Necesitamos hombres como John Stuart Mill. Hombres inteligentes, pensadores, valientes, que entendieron la situación de desigualdad de sexos de su época y alzaron su voz y pensamiento para abogar por una sociedad igualitaria. En España, las desigualdades entre hombres y mujeres que pudiéramos tener no se deben a la ley; pero existen aún, debido a múltiples factores históricos, sociales, culturales y educacionales: desde las más terribles, como la violencia machista, hasta las más visibles, como escasez de referentes femeninos en determinados campos (deportes, ciencias, negocios); pasando por las más tradicionales, como la mayor dedicación que siguen dando ellas al hogar, según datos recientes del INE.

Yo, que me centro en el entorno profesional, me contentaría con que hoy, algunos de esos hombres —que quizá sientan pereza ante tanto rollo sobre la mujer— se interesaran en entender por qué. Por qué hay que hablar de las mujeres en la empresa. En entender si esas dificultades adicionales que se alegan son realidad. En dudar de si esa meritocracia que defendemos tanto realmente funciona. En formarse un juicio cierto a través de los datos y la información. Y si concluyen que sigue habiendo desigualdades, que aboguen igualmente por unas condiciones equitativas para todos en la empresa. No hace falta ser Stuart Mill, pero sí hace falta una motivación —tu pareja si es mujer, tus hijas, tus hermanas o amigas, o quizás tu ética—, informarse y actuar.

Feliz día de la Mujer.

 

Sylvia Jarabo

Managing Partner, Promising Women